Relato autobiográfico sobre la sexualidad, el utilitarismo, los vínculos y el amor.

Me crié donde nací. Solía trepar árboles en el parque, jugar a la pelota con mi hermano y mi papá, y pasar horas jugando a “los jueguitos” con el Sega que mi hermano se había ganado. De tanto ir a jugar a la casa de video juegos que quedaba a la vuelta de lo de mi abuela, una vez salió su nombre como 1er premio y también como 2do. Fue furor en el barrio.

También adoraba mis barbies, les hacía casas enormes, estrafalarias, y jugaba -en secreto- a que hicieran el amor con los muñecos; inventaba historias que terminaban en puro erotismo. Tuve muchos vestidos “de princesa”, y mi dibujito animado preferido era Sailor Moon. Creo que la mezcla de diosas tremendas con su parte guerrera y mágica fueron la combinación perfecta para que me encanten. La mezcla de los atributos de vulnerabilidad y coraje me atraía.

En mis días de niñez en San Juan no recuerdo haber recibido malas categorizaciones por mis juegos “varoniles”; asumo que esto tenía que ver con que se asociaban a que “estaba jugando con mi hermano”, pero a mi me encantaban. Ahora puedo darme cuenta de que, más allá de que me encantaran sus muñecos de los caballeros del zodíaco, o jugar a los escupitajos, no eran juegos que “me pertenecieran”. Estas mismas analogías, pero de “vida adulta”, vengo encontrándome desde mis primeras indagaciones en la sociología y el género, a mis 20 años aproximadamente. Volviendo a mi relato, recuerdo que “ser machona” no era una de mis identificaciones, pero sí me llamaba la atención -con cierto temor- este término y lo que pudiera llegar a implicar. Lo misterioso o prohibido nunca dejó de ser parte de mi agenda.

Por fuera de mi casa sí recuerdo haber recibido algunos mensajes adoctrinadores sobre nuestro ateísmo y lo aparentemente libre de mis manifestaciones como “niña”. Siempre fui una “estudiosa” y siempre “me porté bien”. Hoy en día siento que me habría venido bien a la construcción de mi psiquis portarme un poquito mal. Sentía que tenía que decir la verdad, siempre. Una vez en una clase, la directora entró y pidió que levantara la mano quien no fuera católico. Miré alrededor: Nadie. Tomé coraje, la levanté, me expuse. Nunca supe de qué se trataba la cosa.

Criarme entre padres y abuelos laburantes, artistas, comprometidos con lo social y con sus diversas -pero siempre fervientes- ideas, me dio cierto panorama de lo político y lo partidario, siendo pequeña. Mi abuela, flamante defensora de los derechos humanos y los derechos de las mujeres, me cuidaba gran parte del tiempo que mis viejos laburaban, y esto me llevó a pasarmela entre marchas contra los ajustes menemistas, reuniones en la APDH, entre otros. La adrenalina que me provocaban estos encuentros me hizo saber, desde pequeña, la importancia -y/o urgencia- de involucrarse en “el mundo” y la sociedad.

A los 11 años, recién llegada a la city, una tía y la señora que la ayudaba con la limpieza se horrorizaron por los pelos de mis piernas. Ese día me enteré que algo pasaba con eso, y me dio vergüenza mi cuerpo. Creo que debe haber sido una de las primeras veces. Un poquito después, entrado el año lectivo, me enteré que hablar como yo, con mi acento sanjuanino, era raro, y que cómo me vestía no estaba “a la moda”. Mis compañeritas porteñas se ocuparon de hacérmelo saber. Ahora pienso en que el sistema capitalista está tan metido en todo, que nos adoctrinamos entre nosotros mismos… hasta siendo niños.

En el tiempo que pude, me adecué. Asumí que tenía que cambiar algunas cosas para encajar y para estar a la altura. Mis joggings amarillo patito hasta la cintura y mis camisetas blancas de niñita cuyana no eran lindas, o más bien, no eran deseables. ¿Por qué una niña de 12 años debería saber y creer que tiene que ser sexy para ser querida? ¿o para ser adecuada?

Durante los dos años de primaria que terminé en la ciudad de buenos aires, pasaba todos los días por delante de un garaje, yendo a la escuela. El segundo año, mi hermano ya había entrado a la secundaria, así que iba sola. Un señor me saludaba muy amablemente todos los días. Luego de un tiempo, sobre todo cuando mi hermano dejó de hacer el mismo trayecto que yo, el señor empezó a preguntarme cosas de mi vida, decirme que era linda, etc. Me dio miedo, cada día más. Desarrollé estrategias -sí, con 12 años una se tiene que ocupar de estas cosas- para ignorarlo o para que no me viera, quizás si cruzaba la calle en esa cuadra… o iba acompañada… no tendría que pasar por ese momento de miedo.

Una vez en el subte, un nenito más chico que yo me pidió que le convidara de mis galletitas, y yo no quise. Creo que él me daba miedo. En un microsegundo, me metió la mano muy rápido en el bolsillo del guardapolvo (donde tenía las llaves de mi casa), y la sacó. Me asusté. Las llaves seguían ahí. Nos miramos a los ojos. Me dí cuenta que había querido robarme. Subí al subte. Era la primera vez que me pasaba algo así. Me sentí mal de no haberle convidado, sentí que yo estuve mal. Lo que estaba(está) mal era la sociedad, me digo ahora.

A partir de los 12 años empecé a registrar un poco más de miedo, ya que los hombres me decían más cosas en la calle. Luego empecé el secundario. Medio año después de haber comenzado, un compañero que me gustaba me dejó un papelito que decía

“Querés tranzar? Si→ en el próximo recreo. No→ nunca”.

Me pareció rarísimo, no accedí. Pensé en quién se creía él para poner las cosas en los tiempos que él quería, o decirme qué y cómo. Me dí cuenta de que lo que yo quisiera o cómo yo quisiera no estaba en juego para él. La situación me dejó un sabor muy amargo.

A los 14 años me puse de novia e hice el amor por primera vez. Éramos vírgenes los dos. Por supuesto el sexo que creía que era “EL SEXO” era el que nos habíamos encargado de investigar por internet y en los videos bizarros VHS de la casa de un amigo más grande. Me ocupé de desempeñar “bien” ese “rol”, o lo que creía que era eso. Hicimos lo mejor que pudimos, aunque tiempo y años después me dí cuenta de que tenía mucho miedo de nombrar lo que quería y lo que no quería, por miedo a ser dejada. Eso siguió repitiéndose burdamente varios años más. Y sigue repitiéndose, más sutilmente.

A los 19 años, entré a trabajar en el estado. Un día una compañera que habrá tenido unos 10 años más que yo, me avergonzó en un pasillo frente a otras personas, por lo mal que estaba no haberme depilado los pequeños pelos que tenía en las axilas. Esa historia -la de ese trabajo- no terminó bien: violencia institucional, bullying y un par de años de ansiolíticos y antidepresivos, además de mucha terapia. Digamos que poner a adolescentes a atender personas accidentadas o enfermas por su trabajo, junto con todos los problemas de los vacíos legales de nuestro sistema, no es lo más saludable, por no decir una aberración. Gracias a mi gran capacidad de resiliencia, y a mi familia, pude recuperarme y empezar un camino de auto-conocimiento y sanación. Hasta no hace mucho seguí teniendo pesadillas respecto a esa experiencia laboral.

A los 24 años, me vengué -internamente- de la situación de los pelos de las axilas, dejandomelo muy largos. Una vez que tuvieron una longitud adecuada, los decoloré y los teñí de rojo furioso. Me hizo muy bien ese acto psicomágico de reivindicación.

A los 20 años, recién separada de mi primer amor pseudo-adulto, y con el corazón rotísimo, hice un curso de respiración donde experimentamos la respiración conciente, jugamos a mirarnos a los ojos profundamente, y también a disfrazarnos del sexo opuesto. Me sentí en otro planeta. Disfrazarme de varón me hizo feliz. Sentí que había recuperado alguna parte mía perdida en el camino de la mudanza a Buenos Aires. Habrá sido, creo ahora, esa indiferenciación de los roles de género que sentía allá en mi provincia, con mi inocencia. Con ese juego, sentí poder darle lugar a todo lo “varón” que quisiera ser, aunque sea durante un rato. Me sentí libre.

A veces sigo sintiendo que mi potencia, mi deseo y mi sexualidad no entran en lo que me contaron (explícita e implícitamente) que era “ser mujer”. Hace un rato ya, juego a hacer más ancho ese disfraz y ponerle todos los matices que me den la gana. En ocasiones, sigo sintiendo que no alcanza, porque es trabajoso andar generando espacios y entornos donde sentirse libre, no juzgada, y poder explorar en ellos.

A lo largo de mi vida, podría decir que han sido las mujeres las que me han dicho las cosas más hirientes. No porque “los varones” no lo hayan hecho, sino porque el hecho de que fueran ellas, las que creía “de mi lado” las que disparaban, dolía el doble. También hay sido ellas las que más me han apoyado y estado ahí para mí. No por que los varones no lo hayan hecho, sino porque aprendí a temerles y mantenerlos a distancia de mi corazón. Hemos aprendido a mantenernos lejos de nuestros corazones y segmentarnos según el título que lleve nuestro vínculo: amigx, colega, novix, etc.

Estamos todo el tiempo eligiendo, sembrando, creando. Veo en las personas a mi alrededor, en mis vínculos, más cercanos o más lejanos, y en mí también, el utilitarismo de las relaciones, de llenar con el otro mis vacíos. Hemos sido enseñadas a hacer eso, a creer profundamente en el amor romántico, así como “los varones” han sido enseñados a llenar sus vacíos consumiendo mujeres. Aún si no nos identificamos con estos géneros normados por el sistema, estamos atravesados por ellos y sus mandatos, de alguna u otra manera. Todo el tiempo. Todos, todas, todes.

El año pasado, cuando empezaba el 2017, me pedí ser consecuente, entre lo que pienso, lo que siento, y lo que hago/digo. Tamaño deseo.

No lo sabía en ese momento, pero luego me dí cuenta que me hice un pedido que va a durar toda mi vida.

Sigo aquí, recogiendo los frutos y sembrando de nuevo sus semillas.

Sofía – 19/2/2018

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